Cuando hablo de invisibilidad, me refiero a no existir. La sociedad no se
construye para todos y todas. Y cuando los colectivos reivindican sus derechos
de ciudadanía, no se propone la sociedad modificar y adecuar el entorno para
que sea el de todos los ciudadanos y ciudadanas, con todas sus peculiaridades,
diferencias y características, prefiere camuflar al “diferente” para que pase
como “normal”.
La “persona
diferente” es una presencia problemática y casi fastidiosa; es una persona con
plenos derechos, pero que se aparta de las expectativas sociales, y encima, se
queja de que sus derechos no son suficientemente respetados o incluso
reconocidos.
El problema no
está en la diversidad, en la existencia de gente “diferente”; el problema y la
conflictividad se encuentra en la valoración desigual que se hace de la
diferencia, lo cual convierte la diferencia en desigualdad.
La sociedad que
hemos creado necesita para funcionar un modelo de persona sana, lista, guapa,
competitiva, joven y consumista. Las discapacidades no encajan bien en nuestra
cultura, es una desviación.
Cuando hablo de
MUJERES desde la discapacidad, me centro en el olvido del lugar social que
ocupa y el sentimiento de doble opresión: por ser mujer y por tener
discapacidad. Para visibilizar, primeramente hay que reconocer, hay que
nombrar, hay que construir espacios alternativos para producir nuevas
definiciones. No sé si por nombrar a nivel personal, como mujer con discapacidad
visual, en un intento por pasar del “yo individual” al “yo colectivo”, como
“nosotras”, contribuyo a hacerlas visibles, a hacernos visibles.
Mi experiencia
me demuestra que no es lo mismo una mujer y un hombre con discapacidad. A las
mujeres se les añade un extra de prejuicios y de vulnerabilidad, debido al
modelo estándar y pretendidamente universal de eso que llaman “feminidad” o
“identidad femenina”, y así somos doblemente
etiquetadas. Por ello, es importante revisar cómo se etiqueta, y bajo qué
criterios se hace para imponer una identidad preconcebida y generizada.
La doble
discriminación se combina atendiendo al género y a la situación de
discapacidad. La discapacidad es una variable temporal, cultural y situacional,
ya que depende del contexto en el que se da: si se es mujer urbana, del medio
rural, mujer del siglo XVI, mujer africana, o mujer occidental. Y la situación
de género es estructural. Por ello, se puede percibir unadiscriminación añadida por tener una
discapacidad, que por ser mujer que ya partimos todas de una situación de
desventaja estructural, en esta cultura androcéntrica.
Es importante potenciar la individualidad e independencia: entendida como
el reforzamiento de todas las capacidades y particularidades de la persona, para
dejar de culpabilizar a la persona con discapacidad, a las mujeres con
discapacidad, para ejercer en plenitud la situación de ser persona en sociedad,
ya que es el sistema social el que pone las primeras barreras que limitan los
derechos individuales: al trabajo, a las relaciones sociales, a la realización
personal… Quizás yo siento que las mujeres con discapacidad representan un
potencial de participación poco utilizado y potenciado por la sociedad.
Los términos
limitantes o despectivos utilizados para denominar a personas con diversidad
funcional, juegan un papel fundamental en el refuerzo de la infravaloración, y
por lo tanto en el mantenimiento de la discriminación.
En España la
palabra más utilizada para denominar a personas con diferentes tipos de diversidad
funcional, es “minusválido”, del latín: “minusvalidus”, que significa “menos
válido” “no capaz”. Tanto en los medios de comunicación de masas, como en las
calles, nosotras formamos parte de un colectivo “menos válido”, que “valemos
menos”.
También en los
textos jurídicos de España (sí, Estado Democrático de Derecho) persiste esta
terminología y se usan términos, como incapacitado, inválido y minusválido.
Consciente de
que el lenguaje produce, modifica y orienta el pensamiento, quizás deberíamos
empezar por redefinir la visión social que se tiene de personas con diferentes
discapacidades, que a su vez abarca una gran diversidad que no se ven
visibilizadas.Por ello, yo opto por
utilizar términos como diversidad funcional.
Es innegable que
debido a mi enfermedad: Retinosis Pigmentaria, (para mi siempre desconocida e
invisible) tengo una discapacidad visual, por lo que experimento un déficit en
la función sensorial, unas limitaciones, unas dificultades y una restricción en
la participación de ciertas actividades sociales. Esto se agrava con las
barreras sociales que la propia sociedad crea, factores socio-ambientales en mi
entorno que condicionan y limitan mi funcionamiento, y que a su vezson los que me crean in-capacidad y
aislamiento.
Entiendo esto
debido a dos perspectivas: mi enfermedad es congénita, por lo que tiene un
origen biológico, genético; pero también tiene un origen social, factores
sociales que predisponen a su desarrollo y avance. Por ello, me importa darle
énfasis a esa perspectiva social en cuanto a la discapacidad,no podemos caer en el esencialismo y
determinismo biológicomuy aceptado en
este ámbito, y que potencia el estancamiento, las frustraciones y la no
inclusión social de las personas con discapacidad, presentándonos como personas
biológicamente incompletas, y según ese discurso, como personas imperfectas por
naturaleza, defectuosas, ya que los seres humanos sólo somos nuestros
genes, y por tanto “lo natural”, “lo dado” es estático, inmutable, no es
posible el cambio.
Así, según este
discurso científico pretenciosamente objetivo queapela a “lo natural”, las personas
defectuosas hay que rehabilitarlas y “arreglarlas” para restaurar unos teóricos
patrones de “normalidad”, unos patrones de normalidad que nunca han existido, y
que no existen, porque es un concepto creado histórico y social.
La sociedad en
sí misma, es intrínsecamente imperfecta, pero se ha establecido un modelo de
perfección al que ningún miembro concreto de ella tiene acceso, y que define la
manera de ser física, sensorial, psicológica y así las reglas de funcionamiento
social.
Este modelo está
relacionado con las ideas de perfección y “normalidad” establecidas por un
amplio sector que tiene poder y por el concepto de mayorías meramente
cuantitativas que establecen la normalidad.
A veces las
propias personas con diversidad funcional, en el desgaste mental y emocional de
hacerse visibles, valorarse e integrarse en una sociedad excluyente, prefieren
los términos que designan directamente su deficiencia, antes de personas,
somos: sordas, ciegas, tetrapléjicas…, porque constatan una realidad de su
propia vida que no pueden borrar.Creo
que no se trata de obviar la realidad, las personas con diversidad funcional
somos “diferentes” desde el punto de vista médico. Al tener características
diferentes, que limitan, que restringen, y dadas las condiciones de entorno
generadas por la sociedad, nos vemos obligadas a realizar las mismas tareas o
funciones, pero de una manera diferente: unas mediante la utilización y desarrollo
de otras partes del cuerpo, mediante maquinarias o mediante terceras personas,
de ahí el término diversidad funcional, ya que nos describe en cuanto a
la funcionalidad y capacidad que tenemos, y que la llevamos a cabo de una
manera diversa o diferente a la normalidad.
La manera en que
construimos nuestro entorno depende de lo que nos han enseñado que es “normal” en sentido estadístico, lo “normal” en este
sentido no es más que una función estadística de carácter meramente
instrumental. En la construcción de nuestro entorno social, físico y mental, ha
primado la discriminación de todo aquel que es diferente, adoptando actitudes
de explotación, negación, asignación de roles pasivos, y generación de
conflictos.
Esa
discriminación es la que obliga y hace reaccionar a un colectivo que siente la
desigualdad, a agruparse e identificarse como un grupo humano con experiencias
compartidas que debe luchar socialmente por un cambio. Este es el origen de
todos los movimientos sociales.
En el imaginario
colectivo, las personas con discapacidad aparecemos incompletas: al comparar
los rasgos morfológicos con los de los patrones normalizados; así prevalece la
limitación física, psíquica, intelectual o sensorial como rasgo, no ya
predominante, sino esencial y totalizador.
Nadie nos
prepara para asumir que somos iguales, pero … diferentes.Las mujeres con discapacidades, ya sean
físicas, psíquicas o sensoriales, quizá no saben lo que las hace ser
“inferior”, si el “ser mujer” o su situación de persona con discapacidad.
Por ello, el
carácter neutro del discurso de la discapacidad difumina las diferencias
verdaderamente importantes, que se producen según si la discapacidad se
presenta en un hombre o en una mujer. Yo estoy por la labor de aclarar que la
discapacidad sí tiene género, que también se estructura conforme al género; las
mujeres con discapacidades aparecen como asexuadas, los análisis y actuaciones
se centran en la situación de discapacidad, lo que las une a los hombres con
discapacidad. Parece ser que la sociedad cree que hombres y mujeres con discapacidad
forman un mismo “corpus”, no son mujeres y hombres, son discapacitados sin identidad, así se cree que tienen las mismas
necesidades, basadas principalmente en la discapacidad, y no en valores y
potenciales humanos; es la misma sociedad la que crea BARRERAS.
Por otro lado,
como parte del aparato de ingeniería social del Estado, la administración, la
burocracia, se mete en todos los rincones de nuestras vidas, como mujeres y
como “discapacitadas”, y nos etiqueta, nos agrupa, nos clasifica. Cuando te
diagnostican una enfermedad que supone discapacidad, el Sistema te señala para
poder ejercer sus políticas sobre ti. Aquí empieza todo un peregrinaje
institucional, primero médicos y más médicos, luego queda la burocracia: mi
enfermedad tiene que quedar plasmada en un certificado que mide mis capacidades
y mi “autonomía personal” (como lo llaman ellos), y entonces ya eres una
“minusválida” del 33%, del 45%, del 65%..., en sus estupendos baremos de
clasificación te adjudican un porcentaje para así encasillarte en unas
actividades y funciones sociales que la sociedad te tiene reservada por ser
“ESPECIAL”, “diferente”, pero siempre bajo la buena intención por parte del
Sistema de “integrarte”, de ejercer su paternalismo hipócrita y su verborrea
insultante, todo para su concepto de “integración social”.
A partir de
aquí, siempre llevarás tu etiqueta de “minusválida”.
Valoran mi
“autonomía personal”, como aquellas capacidades físicas que toda persona
desarrolla por sí misma; sí, mi autonomía física se verá limitada y
restringida, pero no mi autonomía
personal, que comprende mi autonomía moral e intelectual; Mi
autonomía moral e intelectual no la van a valorar las instituciones del sistema,
mis capacidades para regir mi vida con una madurez y plenitud intelectual. Es
muy importante no malinterpretar eso de la “autonomía”.
En el caso de
las personas con discapacidades psíquicas, cuando no pueden valerse por sí
mismas para regir sus vidas, preferiría utilizar el término “carencia de
autonomía intelectual”, y no que no tiene “autonomía moral”, ya que en ningún
momento y bajo ningún concepto, cualquier persona tenga la discapacidad que
tenga, así como el grado que sea, en todo momento es sujeto moral, y como tal
debe ser tratada con absoluta integridad moral, hacia el respeto de su condición
física, psicológica y social.
Después, el Sistema
te ofrecerá una carta de servicios públicos y privados para poder “integrarte
socialmente”. Toda una serie de recursos privados se plantean como la
salidamás satisfactoria; todo un
mercado especial para tí “minusválida”, para que te integres también en el
sistema capitalista que pone a tu disposición una serie de servicios solo para
mejorar tu calidad de vida. Eso sí, si perteneces al colectivo de renta
pudiente.
Los que padecen
discapacidades psíquicas severas o para personas dependientes que necesitan a
una tercera persona para realizar actividades básicas de la vida diaria, si no
tienen la suerte de tener unas redes sociales, un entorno de apoyo: familia,
amigos… el sistema le tiene reservado un lugar para velar por su bienestar
social: las Residencias. Las residencias de discapacitados o de personas
mayores que debido al proceso de envejecimiento ven su autonomía física muy
reducida. Estos lugares son el reflejo de cómo la sociedad ve a las personas
con diversidad funcional, y de las políticas sociales asistenciales que aún se
practican en este país, sí Estado de Bienestar.
Estos centros se
constituyen como un espacio donde se ha de pedir permiso para todo. No se
respeta esa autonomía moral de la que hablaba antes, por lo que su libertad
para tomar decisiones es muy limitada, en la medida en que alguien, siempre con
más autoridad que la propia persona con diversidad funcional, cuestiona y/o prohíbe
en función de los criterios que se hayan establecido para el buen
funcionamiento del centro. Así, practican el infantilismo, la
sobrevulnerabilidad y la deshumanización, y las personas son
institucionalizadas, como es el caso de otros colectivos que sienten la
exclusión. La institucionalización no propicia llevar a la práctica la
autonomía moral de los sujetos en cuestión.
Personalmente pienso que el movimiento de personas con diversidad
funcional y el feminismo tienen un encuentro fundamental en el énfasisreivindicativo, de empoderamiento y de
emancipación que pretenden para los individuos.Es algo fundamental la aportación del feminismo de la incorporación de
la experiencia y de la implicación como forma de investigar, de conocer, de
comprender, y por tanto de transformar. A caso ¿las situaciones de las mujeres
con discapacidades quedan al margen de las reivindicaciones y las teorías
feministas? Está claro que no, ya que la teoría feminista es la que pone de
manifiesto las diferentes formas de “ser mujer” que se combina con todo un
imbricado de categorías como la etnia, la sexualidad, la cultura, las
capacidades o dis-capacidades….
Es difícil para
individuos aislados sentirse fuertes y poderosos. Al desarrollar un sentimiento
de unión con los demás, es frecuente que las personas subordinadas superen el
sentimiento de impotencia que puede inhibir el cambio social. En este sentido,
con el análisis feminista que pretendo incorporar de forma integral para
conocer y cambiar, desde mi propia experiencia e implicación, a lo teórico, creo
que el proceso de capacitación individual es, fundamentalmente, un proceso
colectivo. Por eso, sí creo que es importante primero reconocerse a una misma,
y con reconocerse me refiero a situarse. Las personas no existencomo aislados sociales, vivimos en familias,
comunidades, y su sentido de sí se deriva de las relaciones que mantienen con
los demás miembros. Una comunidad verdaderamente igualitaria respeta la
diversidad y la individualidad de sus miembros.
Por ello, en el
intento de incluir otra categoría para el tratamiento integral de la liberación
de las mujeres, en este caso la diversidad funcional…… yo me entusiasmo y me
empeño por apostar y construir un feminismo no hegemónico, un feminismo
libertario, que aborde las desigualdades estructurales y todas las situaciones
de dominación, apoyándose en un conocimiento científico social y una posición
ética y por tanto política, en el esfuerzo por crear una sociedad que pueda
afrontar las diferencias de clase, étnicas, de orientación sexual, edad,
diversidad funcional y por su puesto de género como categoría transversal.
Porque como decían las feministas de los ’60 para hacer de sus experiencias y
luchas individuales una lucha colectiva: “lo personal es político”, pero también
“lo personal es teórico”.
También es
importante ser conscientede que
la posición que ocupan las mujeres dentro de las redes de amigos, familia y
compañeros, y su relación particular con las instituciones sociales definen los
modos en los que las mujeres se ven a sí mismas en el mundo, hasta el punto de
que éstas puedendesarrollar
orientaciones psicológicas, patrones de razonamiento moral y criterios para la
acción que difiere significativamente de las normas establecidas (de orientación
masculina) y que por tanto, las hace interiorizar esa “feminidad”, esa
identidad de género como “otredad”. El mismo ejercicio de tomar conciencia, de
establecer la situacionalidad propia que se vive, es el primer paso para el
desarrollo de una “conciencia crítica” como proceso activo que supone la
participación en la lucha por un cambio. El enfrentamiento colectivo a las
estructuras de autoridad en los entramados de las relaciones de poder
existentes, genera conciencias transformadoras y de resistencia.
Creo que cada
mujer que toma conciencia de las construcciones sociales en torno a su función sexual
y valoración en la sociedad, tienen un espacio de resistencia individual.
Ser consciente de todo esto es tremendamente doloroso y frustrante, pero
tampoco soy partidaria de que “la ignorancia da la felicidad”. Mi sentido de
vida consiste en ser consciente.
Conciencia ¿para qué? ¡se vive tan tranquila sin ella!, Claro la eterna actitud
de los que no quieren problemas, es decir, de los que no los sienten. Dicen “el
mundo es así”, “no hay nada que hacer”, pero estas ideas son las que impiden la
elevación de la mera experiencia dolorosa, a la toma de conciencia, las
racionalizaciones que paralizan la acción transformadora. No hay ningún “orden
natural”. Tomar conciencia, no solo significa trazar un programa de acción,
sino asimilar el problema, la situación. Es un acto de la percepción de los
hechos y de convencida actitud hacia ellos.Y ahora vuelvo a repetir, conciencia ¿para qué? Pues conciencia para
saber lo que soy y donde estoy, para no vivir neurótica por falta de identidad.
Aceptarse como se es, con realismo, es el principio de la fuerza. Al aceptar
así la verdadera situación en un contexto determinado, de un orden histórico y no
natural, ni inmutable, la toma de conciencia crea algo indispensable para
el desarrollo: las motivaciones para el cambio y el deseo de alcanzarlo.
Pero es que
también creo que hay que tomar conciencia para no caer en demasiadas trampas,
para no aceptar sin previa depuración crítica los conceptos y las tablas de
valores. Para no ser dependientes mentalmente. Es muy importante la autonomíaintelectual, para no aceptar esa especie de colonialismo mental que nos
reina.