Madrid: mata al supuesto amante de su mujer en un ataque de celos
23/06/2008 versión para imprimir
MARÍA ISABEL SERRANO. MADRID

Los celos tiñeron ayer de sangre las calles del barrio de La Elipa. Enrique D., 67 años, caminaba a eso de las dos de la tarde por la calle Montejurra, muy cerca de la confluencia con Marqués de Corbera. Nunca pensaría que aquellos iban a ser sus últimos pasos. Se le cruzó otro hombre, de 68 años. Se conocían, al menos de oídas y de cara. Sin tiempo prácticamente para reaccionar, Enrique recibió tres puñaladas. La tercera era mortal de necesidad: le había llegado al corazón y, además, le había seccionado la arteria aorta.

«Tú te ves con mi mujer, ¿no? Pues toma». Estas fueron las lacónicas palabras que, al parecer, dijo el presunto agresor cuando alcanzó a su víctima. Los pocos testigos que presenciaron el suceso aseguran que eso fue lo que escucharon.

Rozaban las dos de la tarde. Calor sofocante. En la acera por la que transitaba Enrique pegaba un sol de justicia. Allí quedó a la vista un gran charco de sangre cuando se procedió al levantamiento del cadáver.

«Daba mala espina»

A esa hora, varios vecinos de esas calles se percatan de la agresión que se acababa de producir. Vieron a un hombre tirado en el suelo que se desangraba y a otro que, si al principio, se quedó parado, reaccionó segundos después para emprender la huída. Unos llamaron de inmediato al Samur para que vinieran a socorrer al herido que les daba «mala espina» porque sangraba a borbotones. Otros persiguieron al agresor.

Cuando el Samur llegó al lugar de los hechos se encontró, efectivamente, a un varón, español, de 67 años, tendido en el suelo en medio de un charco de sangre y en parada cardiorrespiratoria. Presentaba tres puñaladas producidas por un cuchillo de grandes dimensiones, tipo machete. Dos de las heridas, penetrantes, estaban localizadas en el abdomen. La tercera «era mortal de necesidad» -insistían los efectivos del Samur- porque tocó el corazón y había cortado la aorta.

Los facultativos procedieron, de inmediato, a atender a la víctima. Le practicaron, incluso, una toracotomía que consiste en abrir por el torax, cortar el esternón y entresacar el corazón para poder proceder, así, a un masaje cardiaco. Esta vez resultó inútil. Enrique ya estaba muerto y sólo se pudo certificar su fallecimiento.

El agresor, también español, fue perseguido por otro grupo de vecinos. Estuvo a punto de un linchamiento. Se decía que, aunque es de la localidad madrileña de Parla, tiene una tienda en La Elipa. Él quería llegar a su coche, un Ford Fiesta negro, antiguo, que tenía aparcado en la calle Ricardo Ortiz, paralela a la que donde minutos antes había asestado las tres puñaladas al hombre que presuntamente se relacionaba con su mujer.

Le dieron alcance

Llegó al coche, sí. Y logró introducirse en él. Sin embargo, los vecinos le dieron alcance y se pusieron a darle golpes. La luna delantera del vehículo quedó rota y llena de sangre. El asiento del conductor también estaba ensangrentado, muestra de las heridas que el presunto agresor de Enrique había recibido de los vecinos. Fue atendido de heridas y cortes en la cara y , tras una primeras curas por parte del Samur, fue trasladado por la Policía Municipal al Hospital de la Princesa donde quedó ingresado y escoltado policialmente.
El cuerpo de Enrique D. estuvo poco tiempo a la vista de los viandantes. Quedó tapado por una especie de tienda de campaña que instalaron los servicios municipales de emergencia. Allí dentro permaneció unas dos horas hasta que la juez ordenó el levantamiento del cadáver.

En los corrillos se comentaba de todo. Había una coincidencia: la posibilidad de un triángulo amoroso. Muchos confesaban sospecharlo. Y, además, que conocían a la víctima, al agresor y a la mujer de éste. «Estas tragedias por culpa de los celos ocurren, pero a esas edades ...», decía un joven del barrio. Otra joven, que paseaba a su perro en el momento del crimen, y una empleada del supermercado cercano que lo vio todo, tuvieron que declarar como testigos.


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